¿Cuándo llevar a un niño al psicólogo? 12 señales que no conviene ignorar

Casi ningún padre llega a consulta del psicólogo con una certeza. Llega con una duda que lleva meses dándole vueltas y con miedo a estar exagerando. Estas son las señales que sí merecen una valoración, y el criterio que las ordena.

Respuesta rápida

Conviene consultar con un psicólogo infantil cuando una dificultad se mantiene más de un mes de forma estable y además le impide al niño hacer cosas que antes hacía: dormir, comer, ir al colegio, relacionarse o disfrutar.

El criterio no es la intensidad. Una rabieta espectacular en un niño de tres años es normal; un niño de nueve que lleva seis semanas sin querer quedar con nadie, aunque no llore nunca, no lo es.

Las doce señales más frecuentes para ir al psicólogo son: cambios de humor persistentes, retrocesos en autonomía ya adquirida, quejas físicas recurrentes sin causa médica, alteraciones del sueño, cambios en la relación con la comida, rechazo al colegio o caída del rendimiento, aislamiento social, estallidos desproporcionados para su edad, miedos que limitan su vida, dificultades de comunicación o de relación con otros niños, reacción intensa y prolongada ante un cambio familiar, y cualquier comentario sobre hacerse daño.

Una primera consulta al psicólogo no obliga a iniciar un tratamiento. Muchas familias acuden a una entrevista al psicólogo, reciben orientación y no necesitan nada más.

El problema de fondo: nadie quiere exagerar cuando va al psicólogo

En quince años de consulta de psicólogo infantil hay una frase que se repite casi textualmente en la primera entrevista: «seguramente no es nada, pero…». Y a continuación viene algo que la familia lleva observando desde antes del verano.

El miedo a exagerar es tan común que merece la pena decirlo de entrada: llegar tarde al psicólogo es mucho más frecuente que llegar pronto. Es rarísimo que una familia acuda a consulta del psicólogo por algo que efectivamente no era nada y salga con un diagnóstico innecesario. Lo habitual es lo contrario: familias que llevan uno o dos años esperando a ver si se pasaba solo.

Eso no significa que cualquier cosa requiera un psicólogo. Los niños atraviesan etapas difíciles, tienen semanas malas y reaccionan a lo que pasa a su alrededor, y la mayor parte de eso se resuelve sin intervención. La cuestión es saber distinguir.

Los tres criterios que ordenan todo lo demás para ir al psicólogo

Antes de repasar las señales para acudir a un psicólogo conviene tener claro el filtro, porque ninguna de las doce significa nada por sí sola:

  • Duración. ¿Cuánto lleva? Una semana mala no es un patrón. Un mes sostenido, sí.
  • Interferencia. ¿Le impide hacer cosas? Dormir, comer, ir al colegio, jugar, relacionarse. Es el criterio más importante de los tres.
  • Ruptura del patrón. ¿Es un cambio respecto a cómo era él? Un niño siempre tímido que sigue siendo tímido no es una señal. Un niño sociable que de pronto deja de quedar, sí.

Ninguna señal aislada es concluyente. Dos o tres a la vez, sostenidas en el tiempo, sí lo son.

Las 12 señales para ir al psicólogo

1 Un estado de ánimo que no remite

Tristeza, irritabilidad o apatía mantenidas durante más de un mes. En niños la depresión rara vez se parece a la de un adulto: se manifiesta con mal humor, con quejas constantes, con aburrimiento permanente o con llanto fácil ante cosas menores.

La pista es la estabilidad. Un niño triste por un motivo concreto tiene ratos buenos. Un niño con un problema de ánimo mantiene el tono bajo también cuando pasan cosas agradables.

2 Retrocesos en cosas que ya había conseguido

Volver a hacerse pipí encima después de meses controlando, reclamar el chupete, no poder dormir solo cuando ya lo hacía, hablar como un niño más pequeño.

Las regresiones son uno de los indicadores más fiables en infancia, porque el desarrollo no suele ir hacia atrás sin motivo. Casi siempre significan que algo está pidiendo más recursos de los que el niño tiene disponibles.

3 Quejas físicas recurrentes sin causa médica

Dolores de barriga, de cabeza o náuseas que se repiten y para los que el pediatra no encuentra explicación. Son síntomas reales, producidos por la activación fisiológica del estrés, no invenciones.

El dato que orienta es cuándo aparecen. Si se concentran en momentos concretos —las mañanas de días lectivos, los domingos por la tarde, antes de una actividad— y desaparecen el resto del tiempo, el origen probablemente es emocional. Lo desarrollamos en detalle en el artículo sobre ansiedad escolar.

4 Alteraciones del sueño mantenidas

Dificultad para dormirse que se alarga cada noche, despertares frecuentes, pesadillas repetidas, negativa a dormir solo en un niño que ya lo hacía.

El sueño es uno de los primeros sistemas que se resienten cuando un niño está preocupado, y también uno de los últimos en recuperarse. Semanas de mal dormir empeoran además todo lo demás: la atención, el humor y la tolerancia a la frustración.

5 Cambios en la relación con la comida

Comer notablemente menos o notablemente más, evitar comidas en familia, empezar a hacer comentarios sobre el propio cuerpo o el de otros, dejar de golpe grupos enteros de alimentos.

En la preadolescencia y la adolescencia este es el terreno donde llegar pronto marca más diferencia que en ningún otro. No hace falta que la situación sea grave para consultar; de hecho, es justo al revés.

6 Rechazo al colegio o caída del rendimiento

Negativa a ir, quejas cada mañana, faltas puntuales que se acumulan, o una bajada de notas sin causa aparente en un niño que iba bien.

El rendimiento escolar funciona como un termómetro bastante sensible: cuando algo va mal, suele notarse ahí antes que en casa. Conviene hablar con el tutor antes de sacar conclusiones.

7 Aislamiento social

Deja de quedar, rechaza cumpleaños a los que antes iba, se encierra en su habitación, pierde el contacto con su grupo de amigos sin saber explicar por qué.

Es de las señales que más tardan en preocupar a las familias, porque un niño que se queda en casa no molesta. Y sin embargo es de las más significativas, sobre todo si supone un cambio respecto a cómo era antes. Cuando el aislamiento aparece de forma brusca, conviene descartar acoso escolar.

8 Estallidos desproporcionados para su edad

Rabietas intensas y frecuentes en un niño que ya debería haberlas superado, agresividad hacia otros o hacia sí mismo, reacciones explosivas ante contrariedades pequeñas.

La clave está en la palabra desproporcionado: a los tres años una rabieta espectacular es esperable; a los nueve, tres veces por semana, no. Detrás suele haber ansiedad, frustración acumulada o dificultades de regulación emocional que se pueden trabajar.

9 Miedos que le impiden hacer cosas

Todos los niños tienen miedos y forman parte del desarrollo normal. El problema empieza cuando el miedo limita: no poder dormir en casa de un amigo, no subir a un ascensor, no quedarse con nadie que no sean los padres, evitar sistemáticamente ciertos lugares.

Un miedo que se evita se hace más grande. Un miedo que se afronta poco a poco, con apoyo, se reduce. Esa es exactamente la lógica del tratamiento.

10 Dificultades de comunicación o de relación con otros niños

Retraso en el lenguaje, dificultad para entender el juego de los demás, intereses muy intensos y restringidos, malestar marcado ante los cambios de rutina, problemas para interpretar las señales sociales de otros niños.

Cuando estas dificultades son estables y aparecen desde edades tempranas, conviene una valoración del neurodesarrollo. Un diagnóstico temprano de TEA o de TDAH no es una etiqueta: es lo que abre la puerta a los apoyos escolares y terapéuticos adecuados, y la diferencia entre evaluar a los cuatro años o a los diez es enorme.

11 Reacción intensa y prolongada ante un cambio familiar

Una separación, un duelo, una mudanza, la llegada de un hermano, la enfermedad de alguien cercano. Que un niño reaccione a estas cosas es sano y esperable.

Lo que orienta hacia la consulta es la duración: cuando pasados dos o tres meses el niño sigue igual, o cuando la reacción le está impidiendo seguir con su vida cotidiana. Unas pocas sesiones en ese momento evitan a menudo que la dificultad se consolide.

12 Cualquier comentario sobre hacerse daño

Frases como «ojalá no hubiera nacido», «os iría mejor sin mí» o cualquier referencia a hacerse daño. También marcas o lesiones que no sabe explicar.

No es una señal más de la lista: es la única que no admite esperar. Los niños y adolescentes no suelen decir estas cosas como estrategia para llamar la atención, y aunque así fuera, seguiría siendo motivo suficiente para consultar.

Si tu hijo ha expresado que quiere hacerse daño o que no quiere seguir viviendo, no esperes a una cita programada. Llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas, o al 112 si la situación es urgente.

Qué pasa realmente en una primera consulta

Buena parte del miedo a dar el paso viene de no saber qué va a ocurrir. Conviene desmontarlo, porque el proceso es bastante menos intimidante de lo que la mayoría imagina.

  1. Venís vosotros solosLa primera sesión es habitualmente solo con los padres. Vuestro hijo no tiene que acudir, ni siquiera tiene que saberlo todavía si preferís no decírselo aún.
  2. Se recoge la historiaCómo fue el desarrollo, cómo es el contexto familiar y escolar, desde cuándo ocurre lo que os preocupa y qué habéis probado ya. Nadie va a juzgar vuestra crianza.
  3. Se valora al niño, si hace faltaUna o varias sesiones adaptadas a su edad: juego y material gráfico con los pequeños, conversación con los mayores. Si el caso lo requiere se aplican pruebas estandarizadas.
  4. Se os devuelve lo que se ha entendidoCon lenguaje claro y sin etiquetas innecesarias. Si hace falta un proceso, se plantean objetivos, frecuencia y una previsión de duración. Si no hace falta, se dice.

Consultar pronto acorta el proceso

Una dificultad de seis semanas suele resolverse en pocas sesiones. La misma dificultad después de dos años ha tenido tiempo de organizar la vida entera alrededor: el niño ha dejado de hacer cosas, la familia ha cambiado sus rutinas para evitar el conflicto, el colegio ha asumido una etiqueta sobre él.

Deshacer todo eso lleva bastante más tiempo que haber intervenido al principio. Por eso, ante la duda, la recomendación es consultar: el coste de una entrevista innecesaria es muy bajo, y el de esperar dos años no.

Col.legi Oficial de Psicologia de Catalunya

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